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lunes, 15 de mayo de 2017

"ANITRA ANCESTRAL" ( Autora: MARTA MUÑIZ RUEDA)

(Foto: Alejandro Nemonio Aller)

Este relato fue escrito para la sección "poniendo historias" que cada mes se propone desde CUENTO CUENTOS CONTIGO. En este caso los relatos debían estar inspirados en el baile oriental con el que la bailarina MARIA MENDOZA MARTINEZ nos deleitó en el encuentro que los simpatizantes de cuento cuentos contigo tuvimos el pasado mes de marzo. Entre todos los enviados fué este relato de Marta Muñiz Rueda el que supo ganar el corazón de María.


Empezó a bailar siendo una niña. Nunca supo por qué, era una necesidad instintiva, un aliento, un impulso troquelado a contratiempo.
Tras unos años de búsqueda infinita —salones de baile diáfanos, tutús etéreos, faldas de volantes— encontró su sitio después de leer a Washington Irving y sus “Cuentos de la Alhambra”. Aquellas tres hermosas princesas encerradas en una torre para impedir que cayesen en las redes del amor, la condujeron a encontrar su afán de libertad al filo de una atmósfera del todo orientalista.
Así que su madre la llevó a varias escuelas en donde podría aprender a bailar la Danza del Vientre y ella poco a poco fue sumergiéndose en un universo dorado de ritmos y palabras que la hizo sentirse como Sheherezade; la diferencia es que Anitra aprendió a transmitir sus deseos a través de su cuerpo: de sus pies, de sus caderas, de sus manos… Y así, ensayo tras ensayo, llegó a practicar mil y una noches.
A sus veinte años se había convertido en una danzarina profesional. Era capaz de sentir y dejarse llevar, era como bailar con piloto automático y esa sensación de plenitud maravillosa le concedía el privilegio de volar.
Anitra volaba en sentido figurado, claro está. Quiero decir que, una vez iniciado el espectáculo, ella se esfumaba durante un tiempo hermético que marcaban la música, los aplausos y un reloj de pared, coqueto y casual.
Un viernes por la tarde acudió a un hermoso café para animar con sus intervenciones un tradicional y familiar cuenta cuentos. Su amigo Marcelo, poeta de gran corazón, la había invitado no sin ciertas dudas, —él temía que ella deseara negarse por considerarlo inesperado pero lo que él nunca había imaginado es que Anitra amaba los cuentos, porque gracias a esas historias antiguas que aparecen en libros de las bibliotecas de todo el mundo, ella empezó a bailar—. Y bailar, es también soñar.
Y Marcelo se sorprendió una vez más de su poca fe, encendió e incendió la sala con la melodía árabe de ritmo Bollywood que Anitra le había programado. Y se dejó llevar, fascinado, anestesiado.
Todos los asistentes miraban a Anitra bajo un poder hipnótico. Se enredaban en su pelo, intentaban alcanzar el vértigo sinuoso de su cuerpo al avanzar cada paso, se enamoraban minuto a minuto de su sonrisa, se sumergían en sus tules celestes y reposaban en el rojo de sus labios con la mente en blanco, aderezada con pizcas frenesí.
Cualquiera hubiera imaginado que Anitra, en esos momentos, recibía el calor de sus miradas y las guardaba en su memoria. O, tal vez, incluso almacenar tan altas dosis de deseo ajeno y admiración sincera la habrían conmovido. Quizás aquel fervor podría haber alzado su autoestima hasta nubes lejanas o simplemente la empatía eran pétalos de cariño invisibles, flotando en el aire. Pero no. Lo que nadie sospechaba era que Anitra no les veía. Aunque los mirase, así en general, como un horizonte hormigueado, ella no los veía.
Ella veía a mujeres de la India bailando por amor, a mujeres de África danzando para pedirle a un dios protector un sábado de lluvia, a mujeres de Oriente que giran y giran y giran para seducir, para enamorar, para liberarse de un fuego embriagador, para sentirse amas y esclavas, dueñas y ofrendas, veía a mujeres griegas cansadas de su obligado misticismo, moviendo sus caderas cada noche oscura… mujeres romanas bailando en medio de una fiesta descomunal ante su emperador… Anitra atravesó desiertos, glaciares, montañas, océanos, penumbras y amaneceres, palacios suntuosos, pequeñas granjas, cabañas en ruinas, castillos medievales, rascacielos… hasta pudo bailar dentro de un iglú.
Ella era Anitra y todas las mujeres que habían bailado antes capturando su alma a lo largo de la historia. Estaba allí y estaba en todas partes.
Cesó la música y abrió los ojos. Todo era oscuridad y silencio. Todo, menos los ojos que la esperaban al otro lado de la música y el mar, los ojos de su madre.

viernes, 5 de mayo de 2017

LA FUERZA DE LAS HISTORIAS


(Acuarela de Charo Acera Rojo, pintada para el primer aniversario de Cuento Cuentos Contigo) 

Dice la RAE que una historia es la relación de cualquier aventura o suceso, aunque también la narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, ya sean públicos o privados.

Historias..... La vida esta llena de historias, esas de las que eres o te gustaría ser protagonista, de las que prefieres no ser parte, las que te inventas, las que vives, las que sueñas, las que te cuentan, las que ves; historias de amor, desamor, miedo, esperanza...

y siempre habrá locos o cuerdos, siempre habrá personajes con chisteras que celebren el no cumpleaños y vuelquen sus fantasías en la soledad de un folio en blanco para que tu, el, ellos, vosotros, ustedes y yo podamos disfrutar sumergiéndonos en la magia que se extiende mas allá de las palabras

HISTORIAS SIEMPRE, POR SIEMPRE, PARA SIEMPRE 
HISTORIAS PARA SEGUIR VIVIENDO
HISTORIAS PARA SEGUIR SOÑANDO
HISTORIAS PARA SEGUIR COMPARTIENDO







viernes, 7 de abril de 2017

"LA PENA SE HIZO AIRE" (Autora: FLOR MÉNDEZ VILLAGRÁ)

foto: JESUS Mª RODRÍGUEZ 
(Prohibida su reproducción)

En una mano mi mano y en la otra la vela consumida al ritmo de sus pasos. Yo junto a ella, yo y mis pocos años vestidos de fiesta y un abrigo azul claro, porque aún no entendía de suspiros, ni de negros, ni de penas, ni de duelos. Yo niña, solo quería estar a su lado. Ella caminaba en silencio sus penas,  buscando esperanzas  sin soltar mi mano.

            Siempre el VIERNES, viernes de velas, viernes de procesión, de incienso, manolas y  pasos; viernes de familia, de tapas, de torrijas, de bacalao y garbanzos; viernes de rezos, viernes de  primas y de juegos; viernes de caricias que tatúan el alma.

            Al amanecer comenzaba la espera y cuando el redoble de tambores rompía la quietud del alba, se formaba un balanceo suave que iniciaba la marcha, lenta, pausada, por esas calles estrechas que siguen guardando en su suelo miles de pasos, miles de historias y miles de años; por ellas la danza negra puja, reza, calla y sus pies se arrastran formando un coro que solo cesa cuando el paso descansa; por ellas vamos nosotras, con ellos, en SILENCIO, con las manos agarradas.

            Hoy a pesar de mirar desde la distancia que impone el tiempo, siento, aun siento, el calor de esa mano que echo de menos, sus pasos y el murmullo de sus rezos.

Quizá sea esa la razón de que siga viviendo los amaneceres, los redobles, los encuentros, las velas y los inciensos; quizá sea por eso, o por costumbre, o por nostalgia o por deseo; lo cierto es que me siguen inquietando y atrayendo esos OJOS que se destacan en el fondo NEGRO
y me sigue encogiendo el alma la pena que una tuba exhala al aire como un lamentoesa pena hecha aire que a veces hace llorar al mismo cielo.

Viernes, siempre viernes. Viernes de trompetas y tambores. Viernes de sonidos que siguen acelerando los latidos de mi corazón viejo. Viernes de añoranzas y recuerdos, viernes de azul claro y de penas hechas aire igual que la tuba en su lamento.

martes, 28 de marzo de 2017

"VERDAD VERDADERA" (Autora; REBECA VILLORIA MARTINEZ)


El agua había bajado tanto que los secretos años atrás escondidos entre el lodo
estaban quedando al descubierto. Pisé sobre una cama de hojas crujientes y respiré
hondo, dejando que el frescor de esa mañana de invierno bailara por el interior de mi
cuerpo. Recuerdos de la infancia inundaron mi mente y las preocupaciones, ligadas a
ciertas etapas de la vida, desaparecieron durante varios minutos, dando paso a una
sensación de angustia repentina; la basura rodeaba cada orilla de ese pantano, ahora
prácticamente seco, amontonada por grupos sin orden aparente. Me acerqué a uno de
ellos con rapidez, enfadada con los seres humanos, observé y di alguna que otra
patada a los escombros, molesta por tener que presenciar aquello. Hasta que algo
llamo mi atención; una cerradura enterrada en el lodo había fijado su vista en mí, tire
de ella y salió; estaba unida a una pequeña caja de hierro, que lave en un charco de
agua cercano. La abrí con rapidez, deseosa de descubrir su contenido. Había un
pequeño frasco lleno de purpurina y un papel con una frase escrita; “Un día sin risas,

es un día perdido”. Sonriendo dejé la caja en su lugar y continué mi camino.

viernes, 24 de marzo de 2017

"UNA NIÑA EN EL DESVAN" (Autora: Mª DOLORES MARTÍNEZ LOMBÓ)


  “Basado en hechos reales, les cuento, con todo respeto, la corta historia de una niña que siempre será nuestra amiga”  

Cuentan los muros de un desvencijado desván, que hace muchos años vivió allí el espíritu de una tragedia, prisionero entre viejos muebles, recuerdos familiares y plumas de pasajeras aves.
   El desván, junto con otras estancias, coronaba las cuatro alturas de un pequeño hotelito con torres desiguales, que fingiendo tranquilidad, se construyó en 1922 sobre una pradera de las afueras de la ciudad.
   En su esplendor,  a  pesar de tener la apariencia de un pequeño palacio, fue, en realidad, una acogedora vivienda familiar donde el día a día de sus habitantes  trascurría apaciblemente.
    La algarabía de los niños se escuchaba siempre en todos y cada uno de los innumerables rincones de este hogar.
     Recorrían las alcobas. Subían, bajaban, se escondían en el sótano o en las carboneras o en el lavadero. Correteaban alegremente por las galerías y espiaban desde arriba lo que acontecía en el patio interior.
     Estos escarceos  infantiles colmaban de bienestar y alegría a la  familia. Pero fue ahí, jugando  en el jardín, donde la desgracia y el infortunio rompieron el equilibrio y la tranquilidad de todos.
     Bajo el verde césped, silencioso, se escondía durmiente el artefacto bélico que dejó inerte el cuerpo de la pequeña.

      Desde aquel entonces la tristeza se apoderó de todos los habitantes del palacete. Poco a poco, una niebla oscura envolvió el edificio y hasta tal punto se fue arrugando que en el interior vivían sólo las tinieblas.
        Ya  nadie se acordaba de los felices y alegres momentos vividos en aquel chalecito, más bien el recuerdo de la desgracia se había convertido en una pesada losa que oprimía el corazón de la familia.
        Querían huir, abandonar aquel espacio, que en un abrir y cerrar de ojos se había convertido para ellos en tierra enemiga.
        Se fueron, se fueron todos o casi todos…el caserón, ya agrietado y  envejecido fue cedido a otros inquilinos que intentaron dar nueva vida a los asustados muros.
        Láminas de dibujos infantiles llenaron de color las paredes desnudas. El antiguo mobiliario se ocultó en el bajo cubierta. Las maletas repletas de ropajes y recuerdos personales se cerraron para, definitivamente, alejarse de la vivienda.
        Cuando llego el turno a aquel pequeño baúl con adornos de flores secas y herrajes de oro viejo se negó, una y otra vez,  se negó a abandonar su casa. Dos hombres tiraban y tiraban sin conseguir acercarlo a las últimas escalinatas. Lo intentaron de nuevo, empujaban  fuertemente hacia la salida pero el baúl sólo se movía hacía el interior de la casa. En uno de estos tira y afloja el arca se abrió suavemente, como si se tratara de una pequeña caja de música, y  de ella  salieron peluches, muñecas, cuentos y ropitas infantiles.
       Temblorosos, los fornidos operarios sintieron una especie de corriente fría en la nuca y medio inconscientes, como imbuidos por una fuerza extraña, subieron rápidamente el baúl al desván, sin duda era allí donde quería estar. Entendieron  que algo o alguien prefería no alejarse del lugar…
     
      El hotelito nunca más fue vivienda familiar... Fue donado y adaptado para oficinas municipales… pero una sombra infantil seguía recorriendo todas las habitaciones, cuentan que se sentía su presencia durante las obras y la limpieza del edificio…ruidos extraños, corrientes frías que paralizaban contra la pared a los trabajadores y ay…ese miedo nervioso a permanecer en los  despachos entrada la noche.
    Aquella figura angelical que aparecía y desaparecía sabía muy bien  lo  a gusto que se encontraba  en el espacio  que había ocupado su casa. Se mostraba inquieta y traviesa con  determinadas decisiones, con las obras, con el revuelo, con el desorden… Al contrario, su presencia es tranquila y pacifica cuando la algarabía infantil se hace sentir. Era feliz, contemplando invisible, los juegos de guardería. Ahora agradece la compañía infantil en la biblioteca de su desván. Sólo muy de vez en cuando, para que no caer en el olvido,  chisporrotea el interruptor y acto seguido nadie cierra la puerta de la sala de lectura…
  
    Por la noche, en la ventana redonda de su desván se vislumbra la figura de la pequeña niña, leyendo con la tenue luz de una vela.
  

Sólo al salir se cierra la puerta…y se apagan las sombras…      ¡o no!

miércoles, 15 de marzo de 2017

APAGAR LAS SOMBRAS (Autora:JULIA ALVAREZ)

Ilustración: CARLOS CAMPELO
Fotografía: ALEJANDRO ALLER

Relato elegido por Carlos Campelo para poner historía a su ilustración entre todos los enviados a la sección "Poniendo historias" del mes de febrero

Un dolor de estómago intenso sufría desde la discusión con su hermano dos tardes atrás. Pero no era tanto por el enfrentamiento como por el motivo que lo provocaba. El insistía una y otra vez, por todos los medios: el whasapp, el correo electrónico, las llamadas…. Mientras su cuerpo se rebelaba de esa forma tan visceral, tan interna.
-          María, tenemos que hacerlo –le decía-, no podemos aplazar más ese momento. Es absurda tu reacción tan infantil y fuera de lugar. Parece mentira que tengas 40 años.
-           Oscar, no insistas –le replicó-. No soporto enfrentarme a eso. Me provoca pesadillas y angustia. Hazlo tú y me dejas tranquila.
-           Sabes perfectamente que no puedo hacerlo yo solo –respondió-. Esto forma parte de nuestra historia familiar, tuya y mía. Y tan tuya como mía. No puedo tomar decisiones por ti. Te necesito allí conmigo. Creo que es hora de superar esos miedos.
Acudir a aquella casa le producía solo con pensarlo una reacción psicosomática tan fuerte hasta llevarla a la náusea y a la taquicardia. Entendía lo que su hermano le pedía. Era una mujer inteligente y sabía que antes de formalizar la venta de la casa había que sacar varios objetos y terminar de inventariar lo que se incluiría en el contrato: algunos muebles que no encajaban en las casas de ambos, ropa para entregar a asociaciones benéficas, vajillas y cristalerías recuerdo de familia… Racionalmente entendía que había que hacer frente a esa situación con frialdad. Pero sus miedos brotaban como un sarpullido hasta bloquearla.
Entrar de nuevo en aquel sitio era remover el pasado, era dejar salir los fantasmas y terrores de infancia, era abrir la caja de Pandora con todas sus consecuencias.
-          María hay que ir ya. El próximo viernes firmamos ante Notario la venta y no estoy dispuesto a que se queden dentro ciertas cosas. Y tienes que ayudarme, tampoco para mí es fácil.
Era consciente de  que no podía resistirme más. Era una mujer adulta y todo aquello parecía ponerlo en entredicho. En su vida laboral era una buena profesional, firme y quizá un poco intolerante. Aquella situación personal le hacía perder la compostura. Y llegó el momento de enfrentarse a sus sombras y dejar de esconderse como si aquel pasado no fuera con ella.
Quedamos aquella tarde de martes. Eran los últimos días del invierno, el día se prolongaba lentamente. Mi hermano me recogió con su flamante todo-terreno y yo no hice más que hundirme en el asiento del copiloto, como una niña asustada. Me sentí mareada. Intenté concentrarme en el horizonte y respirar muy hondo.
Llegamos al pueblo. Nuestra casa familiar se erigía magnifica en aquel promontorio. El jardín estaba cuidado y verdaderamente el comprador estaba encantado con la adquisición por su buen estado. Cuando mis ojos se fijaron en aquella edificación que se veía nada más entrar en la población comencé a hiperventilar. Serénate, María, me repetía a mí misma. Es un trámite, nada más, un rato y sales pitando. Debería de haber traído mi coche para estar el menor tiempo posible.
Oscar  aparcó delante de la verja y sacó las llaves del bolsillo de su chaquetón. Yo era incapaz de moverme del asiento. Él me abrió la puerta y me ofreció su mano. Me aferré a él como una tabla de salvación. Agarré su brazo y traspasamos el portón de acceso a la finca. Apenas reparé en nada, solo tenía ojos para aquella puerta doble de madera noble con un bello llamador que mi padre había encargado  hacer al carpintero del pueblo. Era sólida, firme, con dos macetones de abetos enanos preciosos. El sonido de la llave abriendo la cerradura alteró aún más mis latidos. Hacía mucho tiempo que no entraba allí, aquel antro formaba parte de mi pasado desgraciadamente y para mí no significaba nada entrañable. Muy al contrario. Aunque el silencio dentro era absoluto, en mi cabeza bullían los gritos desesperados de mi madre, el miedo y las carreras de niños pequeños prestos a esconderse debajo de las camas y alejarse de las reacciones incontroladas de aquella mujer que biológicamente era la que nos había parido, pero a la que la enfermedad había alterado su mente y su ser hasta convertirla en un ser maléfico e indeseable.
Nuestro padre jamás había tenido el valor de hacer frente a aquella horrorosa situación familiar internándola en un centro donde estuviera más atendida. Siempre pensó que en su casa estaría más tranquila y segura, pero no fue así. Su estado se agravó hasta el punto de esgrimir cuchillos para atacarnos, aún tengo las cicatrices  de aquella calurosa tarde de verano de mis 13 años: ella me cogió por el pelo, tenía una fuerza tremenda, estaba enajenada y no pude escaparme. El filo del cuchillo cruzó la piel de mi espalda en ambas diagonales hasta que mi hermano pudo cogerle el brazo y de una patada hacer saltar aquella herramienta de dolor de su mano. Salí corriendo todo lo que pude, sin mirar atrás, baje las escaleras a trompicones y crucé la puerta sin ni siquiera reparar lo que pudiera estar haciéndole a Oscar. Los gritos de ella eran sobrehumanos. Cerré  de golpe, jamás volvería a entrar allí, eso me dije. Y allí estaba de nuevo, con los gritos martilleando en mi cabeza. Necesitaba definitivamente cerrar aquella puerta, apagar aquellos alaridos tan dolorosos, aquellas sombras de mis pesadillas y salir para no volver.
Mi hermano intentó hacer el trámite lo más breve posible. Recogimos libros, joyas, unos cuadros, el baúl de la abuela que descansaba tan quieto en el cuarto de nuestros padres lleno de fotos y detalles de una vida tan lejana y diferente. Y su retrato, el de aquella figura que iba asociada al horror de nuestra infancia.
Y llegó el instante de cruzar el umbral hacia la vida y poner fin sin vuelta atrás a esa parte tan dolorosa de mi vida. Allí se quedaban los miedos, las sombras alargadas en el tiempo de un sufrimiento tan absurdo como invalidante sobre todo porque se escapaba a nuestro control. Muchos años me había costado asumir que no era culpable de nada y este era un paso más hacia mi liberación. Era la salida sin retorno. Girar la llave y apagar aquel dolor inmenso

miércoles, 8 de marzo de 2017

DORMILÓN (Autor: MANUEL SAENZ DE MIERA)


Todo depende del dormilón, pues una oveja parlanchina me confesó que si eres nervioso las ovejas en realidad no te hablan, se arriman a ti con sus lanas más suaves y te tratan con fricciones contenidas los puntos más tensos del cuerpo, hasta que logran su relajamiento, y un sueño embriagador comienza a invadirte cerrando tus ojos. Si es una pesadilla la causa de tu insomnio, que se quiere volver obsesiva, las ovejas tienen comprobado el buen funcionamiento del hablar quedo y voz de grave, acompasada al ritmo de tu corazón. Es tan grande la variedad de las formas de hablar de los ovejas para cuando quieres dormir, que se haría prolijo para este espacio relatar…Ahora espero que si has llegado hasta aquí ya te puedas dormir.

© 2016 11 Samier.

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