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miércoles, 15 de marzo de 2017

APAGAR LAS SOMBRAS (Autora:JULIA ALVAREZ)

Ilustración: CARLOS CAMPELO
Fotografía: ALEJANDRO ALLER

Relato elegido por Carlos Campelo para poner historía a su ilustración entre todos los enviados a la sección "Poniendo historias" del mes de febrero

Un dolor de estómago intenso sufría desde la discusión con su hermano dos tardes atrás. Pero no era tanto por el enfrentamiento como por el motivo que lo provocaba. El insistía una y otra vez, por todos los medios: el whasapp, el correo electrónico, las llamadas…. Mientras su cuerpo se rebelaba de esa forma tan visceral, tan interna.
-          María, tenemos que hacerlo –le decía-, no podemos aplazar más ese momento. Es absurda tu reacción tan infantil y fuera de lugar. Parece mentira que tengas 40 años.
-           Oscar, no insistas –le replicó-. No soporto enfrentarme a eso. Me provoca pesadillas y angustia. Hazlo tú y me dejas tranquila.
-           Sabes perfectamente que no puedo hacerlo yo solo –respondió-. Esto forma parte de nuestra historia familiar, tuya y mía. Y tan tuya como mía. No puedo tomar decisiones por ti. Te necesito allí conmigo. Creo que es hora de superar esos miedos.
Acudir a aquella casa le producía solo con pensarlo una reacción psicosomática tan fuerte hasta llevarla a la náusea y a la taquicardia. Entendía lo que su hermano le pedía. Era una mujer inteligente y sabía que antes de formalizar la venta de la casa había que sacar varios objetos y terminar de inventariar lo que se incluiría en el contrato: algunos muebles que no encajaban en las casas de ambos, ropa para entregar a asociaciones benéficas, vajillas y cristalerías recuerdo de familia… Racionalmente entendía que había que hacer frente a esa situación con frialdad. Pero sus miedos brotaban como un sarpullido hasta bloquearla.
Entrar de nuevo en aquel sitio era remover el pasado, era dejar salir los fantasmas y terrores de infancia, era abrir la caja de Pandora con todas sus consecuencias.
-          María hay que ir ya. El próximo viernes firmamos ante Notario la venta y no estoy dispuesto a que se queden dentro ciertas cosas. Y tienes que ayudarme, tampoco para mí es fácil.
Era consciente de  que no podía resistirme más. Era una mujer adulta y todo aquello parecía ponerlo en entredicho. En su vida laboral era una buena profesional, firme y quizá un poco intolerante. Aquella situación personal le hacía perder la compostura. Y llegó el momento de enfrentarse a sus sombras y dejar de esconderse como si aquel pasado no fuera con ella.
Quedamos aquella tarde de martes. Eran los últimos días del invierno, el día se prolongaba lentamente. Mi hermano me recogió con su flamante todo-terreno y yo no hice más que hundirme en el asiento del copiloto, como una niña asustada. Me sentí mareada. Intenté concentrarme en el horizonte y respirar muy hondo.
Llegamos al pueblo. Nuestra casa familiar se erigía magnifica en aquel promontorio. El jardín estaba cuidado y verdaderamente el comprador estaba encantado con la adquisición por su buen estado. Cuando mis ojos se fijaron en aquella edificación que se veía nada más entrar en la población comencé a hiperventilar. Serénate, María, me repetía a mí misma. Es un trámite, nada más, un rato y sales pitando. Debería de haber traído mi coche para estar el menor tiempo posible.
Oscar  aparcó delante de la verja y sacó las llaves del bolsillo de su chaquetón. Yo era incapaz de moverme del asiento. Él me abrió la puerta y me ofreció su mano. Me aferré a él como una tabla de salvación. Agarré su brazo y traspasamos el portón de acceso a la finca. Apenas reparé en nada, solo tenía ojos para aquella puerta doble de madera noble con un bello llamador que mi padre había encargado  hacer al carpintero del pueblo. Era sólida, firme, con dos macetones de abetos enanos preciosos. El sonido de la llave abriendo la cerradura alteró aún más mis latidos. Hacía mucho tiempo que no entraba allí, aquel antro formaba parte de mi pasado desgraciadamente y para mí no significaba nada entrañable. Muy al contrario. Aunque el silencio dentro era absoluto, en mi cabeza bullían los gritos desesperados de mi madre, el miedo y las carreras de niños pequeños prestos a esconderse debajo de las camas y alejarse de las reacciones incontroladas de aquella mujer que biológicamente era la que nos había parido, pero a la que la enfermedad había alterado su mente y su ser hasta convertirla en un ser maléfico e indeseable.
Nuestro padre jamás había tenido el valor de hacer frente a aquella horrorosa situación familiar internándola en un centro donde estuviera más atendida. Siempre pensó que en su casa estaría más tranquila y segura, pero no fue así. Su estado se agravó hasta el punto de esgrimir cuchillos para atacarnos, aún tengo las cicatrices  de aquella calurosa tarde de verano de mis 13 años: ella me cogió por el pelo, tenía una fuerza tremenda, estaba enajenada y no pude escaparme. El filo del cuchillo cruzó la piel de mi espalda en ambas diagonales hasta que mi hermano pudo cogerle el brazo y de una patada hacer saltar aquella herramienta de dolor de su mano. Salí corriendo todo lo que pude, sin mirar atrás, baje las escaleras a trompicones y crucé la puerta sin ni siquiera reparar lo que pudiera estar haciéndole a Oscar. Los gritos de ella eran sobrehumanos. Cerré  de golpe, jamás volvería a entrar allí, eso me dije. Y allí estaba de nuevo, con los gritos martilleando en mi cabeza. Necesitaba definitivamente cerrar aquella puerta, apagar aquellos alaridos tan dolorosos, aquellas sombras de mis pesadillas y salir para no volver.
Mi hermano intentó hacer el trámite lo más breve posible. Recogimos libros, joyas, unos cuadros, el baúl de la abuela que descansaba tan quieto en el cuarto de nuestros padres lleno de fotos y detalles de una vida tan lejana y diferente. Y su retrato, el de aquella figura que iba asociada al horror de nuestra infancia.
Y llegó el instante de cruzar el umbral hacia la vida y poner fin sin vuelta atrás a esa parte tan dolorosa de mi vida. Allí se quedaban los miedos, las sombras alargadas en el tiempo de un sufrimiento tan absurdo como invalidante sobre todo porque se escapaba a nuestro control. Muchos años me había costado asumir que no era culpable de nada y este era un paso más hacia mi liberación. Era la salida sin retorno. Girar la llave y apagar aquel dolor inmenso

miércoles, 8 de marzo de 2017

DORMILÓN (Autor: MANUEL SAENZ DE MIERA)


Todo depende del dormilón, pues una oveja parlanchina me confesó que si eres nervioso las ovejas en realidad no te hablan, se arriman a ti con sus lanas más suaves y te tratan con fricciones contenidas los puntos más tensos del cuerpo, hasta que logran su relajamiento, y un sueño embriagador comienza a invadirte cerrando tus ojos. Si es una pesadilla la causa de tu insomnio, que se quiere volver obsesiva, las ovejas tienen comprobado el buen funcionamiento del hablar quedo y voz de grave, acompasada al ritmo de tu corazón. Es tan grande la variedad de las formas de hablar de los ovejas para cuando quieres dormir, que se haría prolijo para este espacio relatar…Ahora espero que si has llegado hasta aquí ya te puedas dormir.

© 2016 11 Samier.

jueves, 2 de marzo de 2017

¡LO VES! (Autor: CARLOS CAMPELO GARCÍA)


Tercer domingo de primavera en el hemisferio norte, otro día del señor, uno más en la colección; llevaba parte de la tarde deambulando en el piso que ocupaba, enviando bombas a su cerebro que explotaban una tras otra y lo dejaban en la misma situación de abulia.
Harto de bombardearse decide arreglarse y salir, pasear hasta la terraza de aquel bar cuyo nombre llama a hurgar en parte de atrás de las cosas. El sol, está iniciando el descenso hacia el oeste, le golpea en los ojos obligándole a hacer uso de las gafas de sol; inicia el camino, despacio, sin prisa, respirando los olores, vigilando a los viandantes, se coloca los auriculares para, durante el trayecto, escuchar una entrevista radiofónica a un neurocientífico y neurólogo:

“Buenas tardes, hoy se encuentra en nuestro estudio una persona que ha dedicado su vida al estudio del cerebro, órgano de aproximadamente dos kilos; que nos organiza y desorganiza la vida.
.- ¿en todos los humanos el cerebro trabaja de la misma manera?
“Los humanos tenemos patrones biológicos similares y el funcionamiento es prácticamente idéntico, nos cambian las experiencias, el ambiente, …
.- ¿Funciona de forma independiente a nuestra conciencia o nuestra alma?
.- Los científicos pensamos que tanto lo que llamamos “alma” o “espíritu” es producto de la actividad neuronal, solamente desconocemos los mecanismos que los producen …..”

Mientras escucha la entrevista llega a la calle que se dice ancha (no más de ocho metros), lo que refleja las estrecheces con las que se vivía en un pasado no tan lejano. Comienza a subir la cuesta, suave, cómoda; apaga el reproductor para dejarse invadir por los estímulos externos; grupos de personas pasean arriba y abajo; jóvenes, mayores, familias, ruidos de conversaciones, de pasos presurosos o calmos, de jóvenes a la caza del amor y viejos que lo recuerdan como un sueño.
A esta hora el sol se alinea con el trazado de la calle y la refracción y reflexión de sus rayos le dan un ambiente mágico, los rayos rebotan en paredes y escaparates; paredes de piedras de palacios de antaño, que reflejan en oro; piedras de casas burguesas, en rosa, sombras delineadas, borrones de vida. La luz lo atraviesa todo creando un paisaje ligeramente fantasmagórico, desdibujado en su luminosidad.
Llega al bar, abre la puerta de madera y cristal, se dirige al mostrador y, tras dar las buenas tardes, pide:
.- Un café, sólo, largo, con hielo y en el hielo un chorro de ron negro, por favor
.- ¿Qué ron le pongo?
.- Cualquiera que sea negro.
.- ¿Este mismo?
.- Sí, ese mismo.
.- ¿cuánto es?
.- dos euros.
.- Aquí tiene.
.- Gracias
.- A ti.

Sale a la terraza, ocupa la mesa de siempre y la silla de siempre, sillas y mesa de bambú, esta con tapa de madera de pino. Se coloca con la vista hacia la calle; a su izquierda el trazado casi completo de la misma, a la derecha la plaza que circunda la catedral de esa ciudad.
Se sienta, lía un cigarro y comienza a disfrutar del café y a mirar a los transeúntes, distingue turistas de autóctonos, locos de cuerdos, tristes de alegres, soñadores de realistas, pacientes de presurosos, …, es su entretenimiento, su forma de reconocer la vida.
Transcurre el tiempo y observa a una anciana nonagenaria acompañada de una mujer más joven (posiblemente su hija), se dirigen hacia donde está, sentándose y ocupando las sillas y la mesa que se encuentran a su izquierda. La señora mayor se sienta a su lado, la más joven en el más lejano.
.- Buenas tardes,
.- Buenas tardes.
.- Le importa si nos sentamos a su lado.
.- No, por supuesto que no.
.- Que tarde más agradable tenemos hoy.
.- Sí, realmente agradable.
.- ¿Es usted de aquí?.
.- Sí y no, vivo aquí en la ciudad, pero mi origen es otro, soy de un pequeño pueblo no muy lejano.
.- Ahh, Yo también soy de un pueblo, pero ya llevo viviendo en esta ciudad más de setenta años. Tengo noventa cuatro.
.- Pues se conserva usted muy bien, desde luego no los aparenta.
.- ¡Mama!, no molestes al señor.
.- No molesta nada señora, al contrario.
.- Hija, de verdad, que impertinente eres. No ves que es un buen chico. No le haga caso a mi hija, es un poco pesada, no le gusta que trabe conversación con desconocidos, dice que soy una pesada. ¿Le parezco una pesada?
.- No, de momento no.
.- Sabe, yo vine a la ciudad hace setenta y cuatro años, con veinte, recién casada. Llegamos, mi marido y yo, cargados de ilusiones y esperanzas. Abandonamos el pueblo buscando una vida mejor. ¡Ay mi marido!, que bueno era. Me dejó sola hace cuarenta años, la enfermedad se lo llevó cuando solo tenía 56. Llegamos con una mano delante y otra detrás, pero él era muy hábil, mientras trabajaba de dependiente en una tienda de ropa se sacó el carné de conducir, después consiguió una licencia de taxi y comenzó a trabajar como taxista.
.- ¡Mamá!, que al señor no le interesa nada tu vida, le estas aburriendo y molestando.
.- Perdone, sí me interesa.
.- Ves hija, es un buen chico, ya te lo decía yo, se le ve en la cara. Bueno, como le decía, llegamos y al poco el mi Manuel consiguió la licencia de taxista, se compró un coche y comenzó a trabajar. Trabajó como un burro, yo me dedicaba a las labores del hogar y a los niños, en los primeros seis años de matrimonio tuvimos cuatro hijos, dos chicos y dos chicas, durante un tiempo todo fue así, pero en el momento que empezaron a crecer, el Manolo, que era muy moderno dijo que me tenía que poner a trabajar y con unos ahorros que teníamos me puso una tienda de ropa para mujeres. Todavía recuerdo una vez que viajamos a Barcelona para comprar ropa interior, lo pasamos muy bien y el negocio fue redondo, conseguimos un precio estupendo por la partida de ropa; es que el mi Manolo era muy buen negociante. También era muy buen amante, ¿sabe?
.- No, no lo sabía (sonríe).
.- Sí, era muy bueno, me quería mucho y me trató, siempre, muy bien. Qué pena que se me muriese tan joven.

La mujer siguió desgranando toda su peripecia vital Como sacaron adelante la tienda, como sobrellevo la pérdida de su marido, como continuó trabajando hasta la jubilación y, sobre todo, como, aún hoy, echaba en falta a su hombre.

.- Y usted, ¿está casado?
.- No, estoy separado.
.- Lo ves mi niño, lo ves, siempre uno se va y el otro se queda llorando; sea por el motivo que sea. La vida es así.
.- Mamá.
.- ¿qué?
.- Es tarde, debemos irnos para casa.
.- Vale. Bueno caballero, ha sido un placer charlar con usted.
.- El placer ha sido mío señora. Me ha resultado muy agradable la conversación.
.- Bueno, cuídese y que todo le vaya bien, hasta otra.
.- Hasta otra.

El sol ya estaba prácticamente desaparecido y tras apurar un segundo café con hielo y ron, se levanta y se coloca nuevamente los auriculares para acabar de escuchar la entrevista, comenzando a caminar, fundiéndose con el anochecer, lo primero que escucha es lo siguiente:


“………. el cerebro humano no está preparado para ser feliz, está preparado para sobrevivir, evolutivamente nuestro cerebro está concebido para ello; la felicidad como concepto solo aparece una vez están cubiertas todas las necesidades de supervivencia ….”

lunes, 27 de febrero de 2017

"SILENCIOS" (Autor: JUAN CARLOS GARCÍA CRESPO)


Fueron unos días de estrés continúo. Aquella antigua casa parecía llamarme desde el primer momento en que la vi. “SE VENDE” rezaba el cartel. No lo pensé más, el banco me adelantó el dinero necesario, la compré y contacté con un contratista para hacer la reforma necesaria. Humedades y aislamiento lo principal, cocina y baños nuevos, acondicionar y asear el patio, permisos de obra, revisar el tejado, etc.
Fue mi amiga Adela la que me dijo lo del tesoro, un montón de monedas provenientes de un robo a un banco de la ciudad a principios del siglo pasado o del anterior. Nunca la creí. Hasta que un día visitando a Sabina, una vieja amiga de mis padres, pude acariciar una. Acabamos de cenar, ella solo hacía que preguntar por mi vida, le conté que me había comprado esa casa y me contó otra vez la leyenda del tesoro. No le hice caso, se levantó de la mesa, se adentró en la despensa y, tras hurgar en un cajón oculto, apareció con una pequeña cajita. La vi abrirla despacio, como si me estuviera pidiendo matrimonio, y con sumo cuidado del interior sacó un pequeño pañuelo, lo desenvolvió y ante mis narices apareció una de esas monedas de oro puro. La sostuve en mis manos, con delicadeza, cómo si sostuviera una minúscula criatura legendaria.
Pusimos la casa patas arriba, destrozamos paredes y levantamos suelos, revolvimos aquí y allá. Según la vieja Sabina el antiguo propietario recogió las monedas y las escondió. Regaló alguna a sus parientes más cercanos y jamás se supo del resto, cientos de ellas escondidas en algún rincón de la casa. Un tesoro que jamás pudo gastar, imposible de canjear en tiendas, bancos o museos. Un tesoro inútil que no daba más que dolores de cabeza. Se convirtió en el rico más pobre de la ciudad, tanto dinero en su bolsillo y no lo le servía de nada. Nunca tuvo tanto y nunca se sintió tan pobre.
Y apareció, vamos si apareció. Fue bajo la cocina económica, una de esas antiguas, de hierro forjado, que quemaba carbón y leña y que servía tanto para calentar la casa como para cocinar y que yo quería conservar pero que hubo que desarmar en pro de la modernidad y de un supuesto tesoro. Levantamos y allí estaba. Una herrumbrosa caja de caudales que pesaba tanto como la cocina que tanto nos costó erradicar del piso. Pero no apareció sola. Alrededor, a parte de restos arqueológicos como en toda la casa, hallamos los huesos de dos esqueletos humanos que no dudamos en hacer desaparecer antes de que patrimonio o la guardia civil tuvieran noticia. Mi mujer dio saltos de alegría y enseguida comenzó a pensar en una vida de millonarios, imaginándose coche nuevo, vestidos caros, una vida mejor y una vida nueva seguramente sin mí.  
Yo fui más prudente. Un tesoro no deja de ser una carga, es como un oscuro secreto, hay que ser fuerte para pujar por él el resto de la vida. Mientras cogía la caja lo que en su día fue pintura se descascarillaba, parecía que en cualquier momento iba a desintegrarse y nuestro sueño con él. Pesa -le dije a mi mujer-. Debe rebosar de monedas -pensó ella en voz alta-. Pesaba como pesaban los sueños que nunca se realizan. Mis manos quedaron tan sucias de óxido como sucios son los actos que se cometen por dinero. Un simple destornillador hizo el trabajo duro, apenas me costó abrirla. Fue como cuando se abre un sobre sorpresa, nuestra cara y nuestras ilusiones se fundieron con el contenido. Al levantar la tapa se desató el monstruo del interior, el de la caja y el de nuestro ser, como una caja de Pandora. Perplejos miramos fijamente el cofre, con la boca abierta y estupefactos vimos que estaba vacío. Vacío de oro, vacío de monedas, joyas o cualquier otra cosa que aportara estabilidad a nuestra economía. Vacío. Aquello no era más que un ataúd de recuerdos.
Como si nuestra mente fuera una y nuestros pensamientos se fundieran en uno, los dos a la vez dimos un manotazo a la caja que cayó al suelo soltando todo su mal. Alguna foto antigua, una bolsita con dientes de leche, unos sobres de remitente lejano y que aún olían a perfume de mujer, unas canicas, unas viejas llaves y el espíritu que habitaba allí mismo salieron en tropel. Él olor a rancio y a humedad inundó la estancia y se metió en nuestras fosas nasales tan rápido como lo hace el hongo de una bomba atómica. Eso nos lleno el alma de rabia y frustración. Le di una patada al tesoro y con él a nuestro futuro en común. Recogí las cartas y mientras ella las leía yo revisaba las fotos, pero no supimos a quien pertenecían los restos humanos, que hacían allí, o cuanto tiempo llevaban enterados bajo aquél viejo horno y junto a aquél inútil tesoro.
Supimos que el tesoro no estaba escondido allí, estaba dentro de nuestros corazones.
Supimos que lo que pesa no es el oro si no los silencios.
Y aquella caja de caudales estaba repleta de silencios, de misterios y de tristes remordimientos. Como nuestras vidas. 

miércoles, 22 de febrero de 2017

"BUSCARTE" (Autora: CRIS FLANTAINS)



Buscarte: esa es la última misión.
Hago un enérgico desayuno. No me van a sobrar las energías, zumo, tostadas, café con leche y un par de huevos pasados por agua.
Empezaré por la línea 13. Me subiré al autobús y dejaré que me arrastre por la ciudad, atenta, tras el cristal, a la rosa negra de su pelo, a su caminar cansino, al brillo diamantino de los ojos que tantas veces rayó los míos.
Le echo de menos a rabiar. Es un sentimiento visceral que se define en blanco y naranja mientras apuro, con la cucharilla, la cáscara del último huevo.
Me pongo el abrigo y el gorro, la bufanda. Busco los guantes y me cuelgo el bolso. No friego los cacharros que he ensuciado, tal vez cuando vuelva.
Tal vez, cuando vuelva, esté desganada y en vez de fregarlos los tire, para que los laman las ratas, para que arrebañen las migas las cucarachas, para que se den un festín los gusanos de las cloacas.
De camino a la puerta, compruebo cuánto dinero llevo en la cartera. De las llaves voy despreocupada. Desde que te fuiste, ya no he podido cerrarla nunca más.
Nunca más; no quiero pensar en eso. Nunca más es demasiado tiempo hasta para mí. Nunca más es todas las cosas, es ninguna. Es absurdamente definitivo, mediocre, mezquino.

Bajo las escaleras con los ojos bien abiertos, intentando escupir por ellos ese nunca más que me atruena.


Veo el autobús parado en el semáforo.
En breves segundos estaré subida en él y comenzará mi periplo.
Me viene un eructo con sabor a zumo de naranja que hace que se me llenen los ojos de lágrimas. Un transeúnte al verme, se apiada de mi. Se lo noto en la mirada. Se preguntará por qué una chica como yo tiene los ojos llenos de lagrimas en un día que aún puede ser prometedor. Se preguntará un montón de tonterías más a medida que consume su camino y se responderá a ellas, a la carta.
Llega el autobús y me subo.  Aprovecho la primera ocasión para sentarme y echando la vista a la acera, me despreocupo de ancianos y tullidos. Me concentro, en lo mío: yo busco, te busco, incansable, todos los días.

Esa es mi última misión y no me importa nada más.

jueves, 16 de febrero de 2017

"CAJA DE CAUDALES" (Autora: Isa Milnueve)



Estaba todo listo para la que sería, sin saberlo, tu última visita al pueblo, a vuestra casa. Íbamos cada año, y cada año, como se hace normalmente, cerrábamos el portalón diciendo en voz bajita “hasta la siguiente”, porque uno nunca piensa que ésta, no llegará.
 Este verano trabajaste como nunca en el patio. Mimaste como jamás te había visto cada uno de los árboles que siempre he recordado en él y que, a excepción de alguna salvajada por nuestra parte, pues ahí seguían, en formación y saludándote al alba. Es curioso, abuelo, parecía que les tenías más mimos desde que abuela murió. A veces he pensado que te ha regañado la dejadez, y era por eso que como penitencia, te empeñabas el doble.
Observé cómo acariciabas la higuera, así, como queriendo volver a sentir sus manos, y desde el escondite secreto que nos ayudaste a construir hace más de una veintena de años, te miraba y admiraba tu manera de cortar y de poner a secar las hojas de té, una tras otra, una sobre otra, todas bien arropadas, lo mismo que nos arropaba abuela cuando nos dolía el estómago. Nos hacía su infusión, y con voz de cuento ordenaba: “tómatelo despacio y te sentirás mejor, este té es milagroso, o te asienta o te revuelve”. Y vaya si nos revolvía…
Y tú, que te reías de nuestras caras de asco porque sabía más amargo que el hambre, tú, eras ahora quien desde hace 7 siembras y 13 lunas, te preparabas cada día a media mañana su té. Un mes antes “un amor me había dejado con los brazos caídos” como dijo un poeta, y por eso entendí que te lo bebías a sorbos pequeños para pasar de golpe el peor trago de soledad, en un intento de tenerla más dentro, más en ti, recorriéndote, así como era abuela, como un torbellino, ¡tan viva!, ¡tan ella!
De ahí, de su recuerdo y tu necesidad, salían todas aquellas caricias diarias, porque hay que ser sinceros abuelo, cada vez que abuela te pedía que le echases una mano con las plantas, te ponías tan enfermo como yo a la hora de hacer punto de cruz en el colegio. Pero había veces en que las excusas no colaban y el resto del día te lo pasabas farfullando venganzas, eso sí, a tu manera, y así el bote de coquitos y magdalenas aligeraba misteriosamente su peso, y la bolsa de chocolates, misteriosamente también, dejaba de ser palpable y pasaba a ser índice anómalo de glucosa…, y los brazos en jarra de abuela anunciaban tiempos de tormenta, y sabíamos lo que tocaba: ¡cuerpo a tierra! Pero siempre te cuidó como nadie y a nadie, y quisiste tú cuidarla en todo lo que te dejó, porque no le perdonaste que se fuese sin haberse tomado la cucharadita de miel del desayuno, sin avisarnos siquiera.
Y yo, asombrada, te espiaba por el ventanuco, te observaba, te seguía con ojos de silencio porque si me hubieses sospechado, habrías dejado de hacer solo por no tener que justificarte, y sin embargo, me moría por saber qué hacías cada tarde, siempre a la misma hora, siempre bajo el mismo árbol, siempre con el mismo celo, siempre asegurándote de que nadie estaba en el corral, de que nadie era testigo de cómo tus manos arrastraban al bolsillo interno de tu chaqueta _ese que da de par en par al corazón_ una hoja, no cualquiera, una. He de reconocer que era gatuna mi curiosidad frente a tu liturgia.
 No, no me atrevía… No me atreví siquiera a pasar de puntillas por eso que era tan tuyo… Pero tú, sabio sin escuela, culto sin mapas, ni listado de reyes godos desaprendidos, tú me conocías tan bien que aquella tarde en que todos se fueron al teatro, fingiste dolor de estómago y me pediste quedarme contigo, y allí me vi, a solas contigo y el té. Y sucedió.
- Espérame aquí, ahora vengo. Dijiste.
 No tenía ni idea de lo que estabas tramando, pensé que ibas a regresar con algo dulce, pero no, entre tus manos traías una caja, vieja, de cartón; la pusiste sobre la encimera y me pediste que te ayudase a desempolvarla. Levantaste la tapa y:
- ¿Una lata?, ¡tanto misterio para una lata!, ¿una caja?, ¿una caja con una lata?, ¿qué demonios era aquello?
- No, no es una lata, es una caja de caudales. Respondiste de manera categórica.
Te sentaste frente a mí. Me senté frente a ti. La cogiste como una lámina de hojaldre a punto de quebrarse. La pusiste sobre la pequeña mesa que osaba separarnos, y sentenciaste:
- Esto tan mío, es para ti.
Me diste una pequeña llave, te miré como quien pide permiso para entrar en casa ajena, y entendí que podía abrirla. Estaba muy oxidada pero la llave giró con facilidad, la tapa se elevó por la presión, como quien saca la cabeza del agua porque se está quedando sin aire. Y allí estaban ellas, todas, todas las hojas. No pude preguntar nada. Comenzaste a hablar:
- Sé que me veías cogerlas cada día. Sé que nunca te has atrevido a preguntarme por qué ni para qué. Es por eso que quiero que seas tú quien la tenga, la conserve y la vacíe cuando yo me vaya, y la sepas mantener así, vacía, como tu abuela me la dejó a mí.
Porque, ¿sabes Carla?, a pesar del pudor y la vergüenza, su amor aprendió con los años a vestirme cada noche con un “te quiero” y desvestirse públicamente cada mañana con un beso ante hijos, vecinos, el panadero o vosotros, nuestros nietos…, y sin embargo, el mío, mi amor por ella, tarde muy tarde, ha sabido de eso solo ahora, en sus hojas.
Cerraste la caja, y sentí su peso y tu pesar sobre mis rodillas.

Hoy, abuelo, desde ésta, vuestra casa, bajo estos, vuestros árboles te pienso, y quiero que sepas que os sigo queriendo a caudales, que la caja está vacía, y yo, gracias a los dos, llena de otoños.
Esta fotografía de Carlos González Sanchez, cedida para la sección "poniendo historias" del mes de enero de 2017, ha servido de inspiración para la composición de este relato 

lunes, 13 de febrero de 2017

"DÉBIL CAJA FUERTE". (Autora: GELINES DBT)

Foto: Carlos González Sánchez 

Siempre me consideré  una caja débil a pesar de estar diseñada para ser “caja fuerte”. Tal vez se deba a un defecto de fabricación pero desde el día que me hicieron me sentí un objeto raro. Mis colegas presumen de la dureza y textura de sus carcasas, de poseer colores brillantes y cierres cada vez más sofisticados. Alardean de vivir en lugares secretos, escondidas tras un cuadro o en el doble fondo de una mesa, presumen de custodiar joyas, dinero o documentos importantes. Pero a mí solo me apetece llenarme de emociones y que acaricien mi tapa cada día.
Pasé mis primeros meses en la estantería de una tienda, rodeada de otras cajas, de nácar, cartón, madera, incluso plástico. El día que un caballero pidió una caja de caudales de pequeñas dimensiones, mi acero esmaltado de azul, tembló al ver al dependiente dirigirse hacia mí. Dijo que yo era práctica, multifuncional, que sirvo para guardar pequeños objetos, joyas o documentos, ocupando poco espacio…
El cliente me cogió, probó la llave, abrió y cerró varias veces la tapa como esperando encontrar algo distinto cada vez que me abría. Acarició mis bordes redondeados, calculó peso, medidas y finalmente me llevó a su casa. Me agradó la sensación de sus dedos deslizándose sobre mí, pero me angustiaba la idea de que me escondieran en el hueco de una pared tras un cuadro porque me gusta la luz. Ya era de noche cuando se acordó de mí, me sacó de la bolsa y dijo a su mujer         -mira, he comprado una caja de caudales para guardar la colección de monedas que me regaló el abuelo-  y me colocó sobre la cómoda. Ella ni me miró. Se quitó los pendientes frente al espejo y los dejó en una delicada cajita de marfil que había a mi lado, su interior era de terciopelo rojo. Aquella noche no pude dejar de admirar aquel maravillo joyero.
No sé en qué momento me arrojaron al fondo del mueble del salón donde estuve olvidada durante meses. Allí conocí mi segunda familia de cajas. Me sentía inútil y fría entre ellas, tan usadas, acogedoras y prácticas. Cada momento familiar tenía la suya. La del desayuno me encantaba. La caja de galletas era redonda, metálica, alegre y bulliciosa, llena de dibujos exteriores y con un exquisito olor a mantequilla en su interior. Los niños celebraban su aparición y pasaba de mano en mano entre risas y exclamaciones. La envidié, por ser tan deseada, tan dulce y generosa.
A media tarde, tras la siesta, se abría la puerta del mueble y aparecía la mano de la abuela. Cogía la caja forrada con tela de flores. La tela estaba tan gastada por el uso, como la piel de seda de sus manos. El interior era una fiesta para los sentidos: hilos clasificados por colores, lazos, botones, agujas, dedales… La abuela la dejaba abierta a su lado y cada poco  cogía lo que necesitaba para coser o tejer, así pasaban horas haciéndose compañía. Qué bonito destino, pensaba yo: ser costurero de la eternidad. Coser horas. Unir generaciones. Poner lazos a la vida y bordar experiencias.
Los días festivos, tras la comida familiar, asistía a una exquisita ceremonia.  El hombre que me compró, sacaba del cajón, hecho exclusivamente para ella, la caja que contenía sus puros habanos. La elegancia hecha caja. Elegía el puro, lo cortaban con una tijera especial y lo encendía con fósforos de madera de cedro. El olor que inundaba la sala explicaba que el hombre siempre terminara ese ritual con los ojos cerrados. Mientras yo, desde el fondo, envidiaba a la protagonista de esos momentos de placer.
 Los fríos días invernales, toda la familia se reunía en el salón y casi siempre aparecía la temblorosa mano del abuelo rescatando su caja favorita. La de madera vieja tatuada por los años. Las marcas y rasguños  de su tapa delataban su intensa historia. Estaba preñada de vida, vidas pasadas que ellos revivían durante unas horas. Contenía tiempo, en forma de fotografías desgastadas, invitaciones de bodas y recordatorios de muertes. La emoción flotaba en el aire, pero ajena a mí, sin rozarme.
Un día eso cambió. Llegó mi momento. La mujer del joyero de marfil andaba nerviosa, rebuscando por los cajones sin saber muy bien el qué. Cuando detuvo la mirada en mí no di crédito. Me cogió, abrió la tapa y buscó la llave que descansaba en mi interior desde siempre. Luego me llevó a su habitación, se sentó en la butaca y me colocó sobre sus muslos. El tacto de su piel era suave y olía muy bien. Sacó una carta del bolso y la leyó, no sé si muy despacio o muchas veces, pero el tiempo que empleó fue inmenso. Después la dobló cuidadosamente y la metió en mí interior. Cerró con llave y me colocó en un cajón, entre sus camisones. Nunca me había sentido tan cómoda y mimada. Por primera vez contenía algo importante: palabras de amor.  A esta carta siguieron otras muchas por lo que mi cerradura se abrió y cerró muchas veces durante aquellos meses. Un día la mujer abrió el cajón y me sacó bruscamente, abrió mí tapa y desparramó sobre la cama los papeles que contenía, los hizo girones mientras lloraba y gritaba. Me quedé abierta sobre el mueble. De allí me retiró su malhumorado esposo días después y me dejó con un montón de trastos en el garaje, junto a clavos, grifos inservibles, mangueras… Mi llave desapareció entre aquel desorden.
Un domingo soleado cogió la caja con todos los cachivaches y nos cargó en el maletero, fue a la orilla del río, lavó el coche, las alfombrillas, vació el maletero, en su limpieza general yo sobraba y allí quedé, no sé si olvidada o abandonada, pero nunca más tuve dueño. Ya había conocido la frialdad de una fábrica, la desolación de una tienda, el calor de un hogar y ahora  me tocaba vivir a la intemperie, en plena naturaleza.
Allí sí que estaba fuera de lugar, jugaron conmigo niños y perros, me movían de un lado a otro a patadas… pero por primera vez fui libre.  Sin llaves. Me llené de frío, de tierra, de barros y hojas, me mojaron todas las lluvias, me secaron todos los soles, fui el lecho donde se aparearon y reprodujeron numerosos insectos. Me manché de vida, perdí el barniz azul y me oxidé, abierta y libre me mimeticé con la naturaleza para que nadie me viera, para que no me devolvieran a una estantería o un cajón.
Un día se  acercó un hombre que paseaba a su perro, o tal vez un perro que paseaba a su hombre. No sé.  Al pasar a mi lado “me vieron”. El hombre me observó despacio, temí  que quisiera llenarme de cualquier cosa de esas que ellos consideran valiosas. Se agachó y me observó más de cerca, cuando pensé que me iba a recoger, me hizo una fotografía. Desde aquel día sueño que soy su musa, que por fin soy protagonista de algo. Que por unos instantes me  admiró  alguien. Sueño que mostrará mi imagen a otras personas y tal vez hablarán y escribirán sobre mí. 

Los días más melancólicos, imagino que vuelve  aquel hombre y me lee un poema o un relato dedicado a mí y yo le ofrezco mi tesoro: Gotas de rocío hecho diamante, hojas de ámbar, haces de luz del amanecer, piedras preciosas que el viento esconde en mi interior.  Piñas de oro. Lluvias necesarias. Todo ello mezclado con suspiros de amor de las cartas que un día cobijé. Por fin sé lo que es estar llena de riquezas.  Ahora me siento una caja fuerte, porque un hombre me miró y “me vio”.

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